
Devuelve bien por bien.
No luches con personas amables.
Lee las Escrituras y entiéndelas.
Ayuda a tus vecinos.
La ley es dura con los ricos para enseñarles comprensión y equidad.
La ley es amable con el pobre para que éste disfrute de la compasión.
Paga tus deudas en seguida.
Para que no hubiera posibilidad de olvidar las leyes, estaban grabadas en unas banderolas fijadas en las cuatro esquinas de nuestra escuela.
Sin embargo, la vida no era sólo estudio y malos ratos; jugábamos con tanta intensidad como estudiábamos. Todos nuestros juegos estaban orientados hacia nuestro fortalecimiento, con el objeto de capacitamos para resistir las extremadas temperaturas del Tíbet. En el verano, a mediodía, la temperatura llega a ser muchas veces de ochenta y cinco grados Fahrenheit, pero en la noche de ese mismo día puede descender a cuarenta grados bajo cero. Y en invierno, naturalmente, aún es más baja.
El manejo del arco resultaba muy divertido y desarrollaba la musculatura.
Usábamos arcos hechos de tejo importado de la India y a veces los hacíamos con madera tibetana. Nuestra religión budista nos prohibía disparar contra blancos vivos. Unos criados escondidos tiraban de una larga cuerda, haciendo así que se moviera un blanco que brincaba y salía en direcciones que no podíamos prever. Muchos de mis compañeros eran capaces de disparar mientras se mantenían en pie sobre un pony en pleno galope.
¡Yo nunca me pude sostener mucho tiempo! Los saltos de longitud eran otra cosa. No me preocupaba por que no había caballo de por medio. Corríamos lo más rápidamente que podíamos llevando en cada mano una pértiga de cuatro metros y medio y, cuando habíamos adquirido el suficiente impulso, saltábamos con ayuda de la pértiga. Yo solía decir que los demás, a fuerza de cabalgar tanto, habían perdido el vigor de sus piernas. En cambio yo, que no era buen jinete, saltaba muy bien. Era un buen sistema para cruzar ríos y me divertía mucho ver cómo mis compañeros caían al agua uno tras otro.
