Otra de nuestras diversiones era andar en zancos. Nos disfrazábamos de gigantes y a veces organizábamos luchas en zancos. El que se caía, perdía.

Hacíamos los zancos en casa. Empleábamos toda nuestra persuasión para convencer al encargado del almacén y lograr que nos diese la madera que necesitábamos. Tenía que estar limpia de nudos. Luego, lo más difícil era conseguir unas buenas cuñas para apoyar los pies. Como la madera estaba muy escasa y no podía desperdiciarse, nos veíamos obligados a esperar una buena ocasión.

Las niñas y las mujeres jóvenes jugaban a una especie de lanzadera.

Era un pedazo pequeño de madera con agujeros en la parte superior, y plumas metidas por éstos, y lo lanzaban por el aire con los pies. Para este juego, la jovencita se levantaba la falda hasta una altura que le permitiese una libertad de movimientos sólo usaba los pies. Si se tocaba con la mano el trozo de madera, la jugadora quedaba descalificada. Las que dominaban este juego mantenían en el aire aquel extraño objeto durante diez minutos seguidos sin fallar un golpe.

Pero lo que apasionaba a todos en el Tíbet, o por lo menos en el distrito de Ü, que es a donde pertenece Lhasa, eran las cometas. Podríamos llamarle el deporte nacional. Sólo podíamos permitírnoslo en ciertas épocas del año. Ya hacía muchos años que se había descubierto que si se hacían volar cometas en las montañas, llovía torrencialmente y en aquel tiempo se pensaba que los dioses de la Lluvia estaban irritados. Así que sólo nos permitían jugar con las cometas en el otoño, que en el Tíbet es la época de sequía. Durante ciertos meses del año, no se puede gritar en las montañas porque se teme que la vibración de las voces sea causa de que las nubes supersaturadas de la India descarguen demasiado pronto y caiga lluvia donde sería perjudicial. El primer día de otoño se elevaba una corneta solitaria desde el tejado del Potala. Pocos minutos después, cometas de todos los tamaños, formas y colores se remontaban sobre Lhasa agitándose en la fuerte brisa.



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