
Si muere, es que los dioses han querido evitarle lo mucho que iba a haber sufrido en esta tierra. No cabe duda que esta costumbre es la mayor prueba de compasión y cariño que puedan dar los habitantes de regiones tan inhóspitas.
Preferible es que mueran unos cuantos niños a que sean unos inválidos incurables en un país donde apenas hay servicio médico.
Con la muerte de mi hermano fue necesario que yo intensificase mis estudios, ya que cuando cumpliese los siete años tendría prepararme para la carrera que eligiesen para mí los astrólogos. En el Tíbet todo lo decide la astrología, desde la compra de un yak hasta la profesión de una persona. Se acercaba ese momento en que, al cumplir los siete años, mi madre daría una gran fiesta a la que estarían invitados los de más alta alcurnia del país.
Durante esa fiesta se daría a conocer la decisión de los astrólogos respecto a mi porvenir.
Mamá era regordeta, con una cara redonda y el cabello negro. Las mujeres tibetanas llevan una especie de marco de madera en que se les encuadra la cabeza y sobre él adaptan el cabello para que resulte lo más ornamental posible. Estos marcos son muy complicados. Suelen ser de laca de color carmesí, y en él van engarzadas piedras semipreciosas e incrustaciones de jade y coral. Todo esto, con el cabello bien aceitado, produce un efecto muy brillante.
Las mujeres tibetanas usan vestidos muy alegres, hechos de muchos verdes, rojos y amarillos. En la mayoría de los casos llevan un delantal de un color vivo con una franja horizontal haciendo contraste, pero muy armoniosamente.
En la oreja izquierda se ponen un pendiente, cuyo tamaño depende de la categoría social de la mujer. Mi madre, por ser de una de las primeras familias del país, lucía un pendiente de quince centímetros.
