
Al día siguiente me tenían reservada una tarea molestísima recoger boñiga de yak de nuestras cuadras, llevarla a casa del campesino y subirla al tejado. Este trabajo no es lo más propio para un niño menor de seis años, como era yo entonces. Sin embargo, a todos les producía un gran regocijo, todos estaban muy satisfechos…, excepto yo. Los demás niños se reían de mí, el campesino acabó teniendo doble cantidad de combustible y mi padre se enorgullecía de haber demostrado ser un hombre justo y severo. En cuanto a mí, también hube de pasarme la segunda no.
Quizás piensen ustedes que ésta era una vida insoportable para una criatura, pero no hay que olvidar que en el Tíbet no hay sitio para los enclenques.
Lhasa está situada a casi tres mil setecientos metros de altitud, y su temperatura es extremada. Otros distritos del Tíbet se hallan aún a mayor altitud y en condiciones mucho más duras, de manera que los débiles pueden poner en peligro a los demás. A esto se debía, y no a crueldad, aquella preparación férrea.
En los lugares de mayor altitud la gente metía en corrientes heladas a los recién nacidos para ver si eran lo bastante resistentes. He visto con mucha frecuencia las pequeñas procesiones que se organizaban para ir al río (que a veces fluía a más de cuatro mil metros de altitud). Al llegar a la orilla se detenía la comitiva y la abuela cogía al recién nacido. Junto a ella estaba la familia: el padre, la madre y los parientes más cercanos. Desnudaban al bebé, la abuela se arrodillaba y sumergía a la criatura dejándole fuera sólo la cabeza, hasta la boca, para que respirase. Con aquel frío tan terrible, el niño se ponía rojo, luego azul y por fin dejaba de berrear. Parece que está muerto, pero la abuela tiene gran experiencia en esas cosas y al poco tiempo saca del agua al pequeño y vuelve a vestirlo después de secarlo bien. Si el niño sobrevive a esta prueba, está clara la voluntad de los dioses.
