
A la izquierda del mayordomo vivía el jurisconsulto, cuya tarea consistía en cuidar de que la vida de la casa marchase dentro de la ley. Los tibetanos se atienen estrictamente a las leyes en todas sus actividades y mi padre debía dar ejemplo como buen cumplidor de lo que estaba legislado.
Nosotros, los niños, mi hermano Paljór, mi hermana Yasodhara y yo, habitábamos en la parte nueva de la casa, en el lado del cuadrado más distante de la carretera. A la izquierda teníamos una capilla y a la derecha la escuela, a la que también asistían los hijos de los criados. Nuestras lecciones eran largas y variadas. Paljór no vivió mucho tiempo con nosotros. Era débil y no estaba dotado para resistir la vida tan dura que ambos teníamos que llevar. Antes de cumplir los siete años nos abandonó y regresó a la Tierra de Muchos Templos. Yaso tenía seis años cuando desapareció Paljór, y yo cuatro. Aún recuerdo cuando fueron a buscarlo. Estaba allí, tendido, como una vaina vacía, y los Hombres de la Muerte se lo llevaron para descuartizarlo y darlo a las aves de rapiña para que lo devorasen. Esta era la costumbre.
Al convertirme en Heredero de la Familia, se intensificó mi entrenamiento.
Ya he dicho que a los cuatro años no había conseguido aún ser un buen jinete. Mi padre era muy severo y exigente en todo. Como Príncipe de la Iglesia se esforzaba para lograr que su hijo fuese muy disciplinado y constituyera un ejemplo vivo de cómo debían ser educados los niños.
En mi país, la educación infantil es más severa a medida que el niño es de mejor familia. Algunos nobles empezaban a pensar que los chicos debían de llevar una vida más agradable, pero mi padre era de la vieja escuela.
