Razonaba de este modo: un niño pobre no puede esperar una compensación en su vida de adulto así que hemos de rodearle de afecto y consideración durante su infancia. En cambio, los hijos de las familias pudientes disfrutarán de toda clase de comodidades, por su riqueza, cuando sean mayores, de manera que han de pasar malos ratos y preocuparse por el bienestar de los demás mientras son niños. También era ésta la actitud oficial.

Sometidos a una educación tan dura, los débiles no sobrevivían, pero los que salían adelante se hallaban entrenados para resistirlo casi todo.

Tzu ocupaba una habitación en la planta baja, muy cerca de la puerta principal. Durante muchos años había podido conocer a toda clase de personas mientras fue monje-policía, y ahora no podía soportar encontrarse recluido, apartado del bullicio. Su habitación estaba junto a las cuadras, donde tenía mi padre sus veinte caballos, sus ponies y los animales de tiro.

Los mozos de la cuadra detestaban a Tzu por su oficiosidad. Siempre estaba fiscalizándoles el trabajo. Cuando mi padre salía de caza, se llevaba una escolta de seis hombres armados. Estos iban de uniforme y Tzu les pasaba revista para asegurarse de que no les faltaba un detalle en su atavío.

No sé por qué, pero estos seis hombres solían poner a sus caballos de grupas a la pared, y en cuanto aparecía mi padre, cabalgando ya, se lanzaban todos a la vez a su encuentro en una bravísima carga de caballería.

Descubrí que, asomándome por la ventana de un almacén, podía tocar a uno de los jinetes. Un día se me ocurrió pasarle una cuerda por su grueso cinturón de cuero. Lo hice con extremada cautela y no se dio cuenta. Até los dos cabos a un gancho que había por dentro de la ventana. Apareció mi padre y, como de costumbre, los jinetes se precipitaron a su encuentro. Sólo cinco de ellos. El sexto quedó atado a la ventana. Gritaba que los demonios se habían apoderado de él. Se le soltó el cinturón y, en la algarabía que se formó, logré huir inadvertido. Luego me divertía extraordinariamente diciéndole: "¡Así, que tampoco tú, Ne-tuk, sabes montar!



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