Me gustaba mucho jugar con las cometas, y siempre hacía por que mi corneta fuera una de las primeras en elevarse. Todos nos hacíamos las nuestras, por lo general con una armazón de bambú, cubriéndola casi siempre con fina seda. No nos era difícil conseguir este buen material y constituía un orgullo para mi casa que nuestra corneta fuera de la mejor clase.

Solíamos hacerlas en forma de caja y con frecuencia la adornábamos con una feroz cabeza de dragón y una cola.

Organizábamos batallas en que cada uno trataba de derribar la cometa de sus rivales. Cubríamos parte de la cuerda con cola y la salpicábamos con vidrio machacado que quedaba adherido. Con ello esperábamos cortar las cuerdas de los demás y apoderarnos así de las cometas que se cayeran.

A veces nos deslizábamos sigilosamente fuera de casa por la noche y elevábamos nuestras cometas con lamparitas dentro. Los ojos del dragón relucían rojos y del cuerpo salían diversos colores realzados sobre la negrura de la noche. Sobre todo nos encantaba y hacerlo cuando se esperaban las interminables caravanas de yaks procedentes del distrito de Lho-dzong.

En nuestra infantil inocencia creíamos que los ignorantes nativos de aquella apartada región no conocían inventos tan "modernos" como nuestras cometas y que así les daríamos un susto formidable.

Uno de nuestros trucos era poner tres conchas de diferente tamaño en las cometas de manera que cuando las batía el viento, producían un lúgubre sonido como un largo e impresionante lamento. Decíamos que parecían dragones que lanzaban llamas y se retorcían en la noche y suponíamos que ejercían un saludable influjo sobre los mercaderes. Nos resultaba delicioso figurarnos a aquellos desgraciados encogidos de espanto en sus jergones mientras nuestras cometas se balanceaban allá arriba.



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