
Aunque yo entonces no lo sabía, mi juego de cometas iba a servirme de mucho para cuando, mucho más adelante, me hubiese de subir en ellas.
Entonces era sólo un juego, aunque muy divertido y apasionante. Y en una de sus modalidades pudo haber sido muy peligroso: hacíamos unas cometas muy grandes con alas que les salían de los lados. Las colocábamos en terreno llano cerca de algún barranco en que hubiera una fuerte corriente de aire. Montábamos en nuestros ponies atándonos un extremo de la cuerda a la cintura y luego arrancábamos al galope. La cometa daba un brinco y se elevaba rápidamente hasta que pasábamos por delante del barranco y nos envolvía la corriente. Entonces el tirón de la cuerda era tan fuerte que desmontaba al jinete elevándolo más de tres metros en el aire. Luego descendí amos lentamente sobre la tierra. Algunos infelices casi se quebraban si olvidaban sacar los pies de los estribos. Por mi parte, yo estaba tan acostumbrado a caerme del caballo que me parecía incluso un alivio que me sacaran de él tan suavemente. Mi loco afán de aventuras me hizo descubrir que, tirando de la cuerda en el momento de elevarme, aún subía más y si tiraba de ella unas cuantas veces, podía prolongar mi permanencia en el aire En una ocasión lo hice tan bien que fui a aterrizar en el tejado de la casa de unos campesinos. Allí arriba tenían almacenado el combustible para el invierno.
Los campesinos tibetanos viven en casas de tejados planos con un pequeño parapeto donde se guarda la boñiga de los yaks. Una vez seca se utiliza como combustible. Aquella casa a que me refiero era de barro cocido en vez de piedra como en lo corriente carecía de chimenea. Una abertura en el tejado hacía sus veces. Mi repentina llegada agarrado a una cuerda arrastró el estiércol hasta el boquete de ventilación haciéndole caer por él al interior de la casa y poner perdidos de porquería a sus habitantes. No me acogieron precisamente con regocijo. Al caer también yo por el boquete, me recibieron con gritos de rabia, y después de darme una buena paliza, el campesino, furioso, me llevó a mi casa para que mi padre me administrase otro serio correctivo, ¡Aquella noche tuve que dormir boca abajo!
